
| Botas de potro | Calzoncillos cribados | Chiripá |
| Chaleco y Chaqueta | Serenero y Sombrero | Armas |
| Ceñidor o faja | Cinto o Chanchero y Rastra | Guayaca y Chuspa |
| Boleadoras | Espuelas | Rebenque |
| Lazo | Chifle |
La tradición o tratar
de encararla, es pura historia, la de nuestro pasado y tal como fue en realidad,
y a enojo de muchos "Tradicionalistas", han creado un traje gaucho más
de utilería que real, un traje que llena los ojos del espectador, pero atenta
contra la verdad y crea un concepto equivocado del mismo.
En general, los que
somos de una ciudad estamos convencidos de que conocemos la vestimenta gaucha,
-y hasta muchos "tradicionalistas"- nos han presentado y dentro de una
gama variada, acaso sinceramente, lo que fue el traje gaucho.
Con
la documentación existente y la de viajeros escritores, se comprueba que
siempre y en todas las regiones, los colores vivos fueron característica
principal en el vestido campero de ambos sexos, el negro y toda la escala de
tonos oscuros, correspondían más al traje de lujo –que no estaba al alcance
de todos-.
La documentación en mi
poder trata de aclarar de donde salió el gaucho que vemos vestido de negro de
pies a cabeza, y la data es de 1880.
Aunque usted le cueste
creerlo, el origen de esa vestimenta es el "CIRCO", -si- así es, para
ese entonces el gaucho, en su verdadera acepción, casi había desaparecido,
anulado por la propiedad, el alambrado y las tranqueras que modificaban la campaña.
El circo lo revivió, creó un gaucho para la pista, un hombre moralista, pozo
de sabiduría y experiencia. Para el circo el color negro hacía un contratono
con la blanqueza de los calzoncillos cribados, el pañuelo del cuello, en
fin, cuestiones escénicas más que deformar la verdad, pero lo malo de esto fue
que el espectador creyó estar frente a la realidad y cuando lo encarnó para
rendirle homenaje lo hizo como lo había conocido en la ficción.
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Debe
tenerse en cuenta que eran los menos los gauchos elegantes, el común se
vestía con botas de potro, calzoncillos cribados, camisa de mangas largas
holgada con puños y chiripá, la que luego cambió por la bombacha por su
comodidad, sostenido por el ceñidor o la faja, cubriéndola con un cinto
de cuero o chanchero adornado de monedas, cerrado por delante con una
"rastra", un chaleco que no llegaba a la cintura, que se prendía
con dos o tres botoncitos de metal precioso; una chaqueta (no la
corralera, que es muy posterior) corta, que quedaba abierta en su parte
delantera y dejaba ver el chaleco, parte de la camisa y la rastra, y
claro, un pañuelo al cuello y otro para sujetar el cabello que en ese y
tiempo se llevaba largo con trenzas y hasta peinetas como las damas. |
Leopoldo Lugones dice
así...
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"Por
ser prendas delicadas |
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que
no aguantan las maletas |
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cada
cual ha de traer |
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en
sus trenzas las peinetas" |
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"Pues
el hombre de esos tiempos |
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una
y otra cosa usaba |
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que
el sereno en la nuca |
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bajo
el chambergo embolsaba" |
Completaba su equipo un
sombrero de alas angostas y copa alta, en forma de cubilete de dados,
imprescindible el poncho, el cuchillo, las espuelas y el rebenque, prendas que
no abandonaba mientras estaba de a pié.
Para finalizar hubo con
el correr del tiempo, y hasta contemporáneo a cada época, gran cantidad de
modelos y cambios, pues el gaucho usó bragas o calzón corto, pantalón y
chaqueta de tipo español, sombrero de paja de los llamados panamá, boina con
un borlón que cae a un costado y así hasta el infinito.
Así pues el hombre de
la llanura la llamó "pilchas" a todas las prendas de vestir y el
recado, en cambio el serrano la denominó "calchas" que incluye la
ropa de cama y agrega la de "cacharpas" para las del apero.
Martín Fierro dice
también...
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Yo
también tuve una pilcha |
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Que
me enllenó el corazón |
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Y
si en aquella ocasión |
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Alguien
me hubiera buscao. |
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Seguro
que me habría hallao |
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Más
prendido que un botón |
En resumen, en orden de
los pies a la cabeza, las "pilchas" o "calchas" son:
Comentemos sus
accesorios:
En cuanto a las mujeres, los vestidos, con profusión de puntillas que se almidonaban al igual que la ropa interior, se caracterizaban por ser amplias, sin escote y con mangas largas, para defender la piel de las caricias agresivas del sol y del viento unas veces, y otras para conformarse a las reglas que imponía el pudor. La coquetería ha sido la más constante de las virtudes femeninas, en todos los tiempos y épocas, lo mismo en el corazón de las ciudades y pueblos que en medio del desierto.
La "bota de
potro" es, por excelencia la más típica de las prendas gauchas. Su nombre
se debe a que estaban hechas de cuero de potro; podían ser tanto de caballo,
yegua o potrillo, aunque se daba preferencia a los animales desarrollados, pues
ese material resultaba de mayor duración.
Para
hacerlas, se sacaba entero el cuero de las patas traseras de un potro; una vez
limpios de todo pellejo y bien sobados, esos tubos de cuero, con la parte del
pelo hacia afuera -dejándolo o afeitándolo, a gusto de su dueño- se amoldaban
a las piernas y pies del hombre; el ángulo que forma el garrón servía de
talonera, y la parte superior, ajustada con un tiento o liga, de caña.
Las puntas de la bota
se dejaban, a veces, abiertas totalmente o en parte, y por esa abertura salían
los dedos de los pies, que los jinetes llevaban desnudos para estribar
"entre los dedos" o sea de acuerdo con las costumbres de aquella época.
Se llegó a
comercializarse y se vendían a ocho reales las botas blancas y a seis, las
otras.
Una bota similar a la
descripta, menos frecuente, pues sólo la usaban los gauchos ricos o elegantes
que resultaban caras y poco durables, era la que se confeccionaba con cuero de
tigre o gato montés, dejándole el pelo con todo su colorido.
Se prefería la piel de
caballo blanco por su aspecto delicado semejante al pergamino.
El
calzoncillo, cuyos perniles blancos eran casi tan anchos como una enagua, tenía
en la parte inferior, la que salía por debajo del chiripá y cubría las
piernas hasta los tobillos, flecos y una serie de bordaditos calados o cribos;
estos cribos son los que dieron original nombre de "calzoncillos
cribados".
Por lo general de hilo o lienzo.
El
"chiripá", cuyos antecedentes le asignan un probable origen indio, es
una especie de manta, muy parecida al poncho -que lo reemplazaba, en casos de
necesidad- y hasta se afirma que los primeros "chiripaes" no fueron
otra cosa.
En la lengua quichua,
significa "para el frío".
Las orillas se
ribeteaban con trencillas, y los colores vivos, a que fueron tan afectos los
gauchos, eran frecuentes, ya en un tono uniforme, ya en franjas o listas
longitudinales.
Al
igual que el poncho, el chiripá de vicuña (rumiante de la región
cordillerana, que produce lana de excelente calidad) era expresión de riqueza y
buen gusto, lo mismo ocurría con el merino negro.
El vistoso chiripá no
se usó en los primeros tiempos, y puede asegurarse que como traje característico
no figura sino desde 1780 en adelante.
El chiripá se sujetaba
con el ceñidor o la faja. El ceñidor, de seda o lana y vivo colores, tenía
cierta diferencia con la faja; era más angosto y, una vez ajustado, con una o
dos vueltas a la cintura, se anudaba y las dos puntas, terminadas en borlas, caían
atrás, adelante o a un costado hasta una distancia de una cuarta más o menos.
En
cambio, la faja de mayor número de vueltas a la cintura del hombre y sus
extremos se introducen en los dobleces de la misma, un nudo alguno y, a lo sumo,
dejando ver los flecos de su terminación.
El
"Chanchero", llamado así por estar hecho, de preferencia, en cuero de
chancho o cerdo, de superficie graneada, que contribuye a su mejor
aspecto, era un cinto de anchura variable, provisto de dos o tres bolsillos y
adornado con monedas de plata -los patacones, reales y medios, que circulaban
antiguamente- y también de oro, las onzas o pelucones, bolivianos, cóndores y,
en modo especial, la libra esterlina inglesa, de curso corriente en nuestra
campaña.
Este cinto podía ser
de una sola pieza, o de dos y prendido atrás con una o más hebillas, a efectos
de graduarlo, según la cintura de quien lo usara.

La rastra, que cerraba
su parte delantera, es una de las prendas gauchas que subsisten aún y quizá la
que goza de mayor aceptación. Reemplaza la hebilla común de nuestro cinturón
y consiste en una chapa de metal -níquel, plata u oro- de diversas formas, unas
veces grabado y otras calado, monogramas hasta el nombre del dueño.
De argollitas soldadas en la parte inferior de la chapa, salen repartidas por mitades, a derecha e izquierda, ramales -cadenitas o trabas articuladas- terminados en una especie de botón que suele ser una moneda de plata o de oro, un escudo, una flor, etc.; estos botones se abrochan en los ojales correspondientes en los dos extremos del cinto, con lo que este queda sujeto y cubre el ceñidor o la faja.
Por
lo que respecta al tamaño y el peso, hubo rastras de todas las magnitudes, de
acuerdo con el gusto del interesado o con el volumen de su cuerpo.
Igual variedad debe
anotarse en lo referente a los motivos decorativos de su labrado.
El
chaleco usado por los gauchos, muy similar por su forma a los actuales, se
diferenciaba de éstos en que no alcanzaba a llegar a la cintura; de ese moda,
se dejaba al descubierto la rastra, verdadero lujo campero y la primera pilcha
de valor que se adquiría en cuanto se disponía de unos pesos. En el chaleco,
lo mismo que en otras prendas, el ribete de trencilla solía ser unos de sus
principales adornos; otro, acaso el más común, era el reemplazo de los botones
por monedas de metal precioso.
La
chaqueta ha sido, quizás, la prenda que menos variaciones experimentó con el
correr del tiempo. Poca diferencia puede establecerse entre la chaqueta de
origen español, corta, de cuello volcado y con delanteros redondeados, que no
se abrochaba para dejar a la vista el chaleco parte de la camisa y la rastra.
Las
"blusas" no el tipo llamado "corralera", que es muy
posterior, tenían forma similar a la del saco; se confeccionaban con telas
livianas, sin forro, pues se usaban preferentemente en el verano. El ribete y
otras aplicaciones de trencilla era el único adorno. El saco más largo y de
uso común en los pueblos, no estaba desterrado, en absoluto, de la vestimenta
gaucha.
El
"serenero" es un pañuelo de igual o
mayor tamaño que los usados para
el cuello; se llevaba debajo del sombrero,
cubriendo la cabeza, la nuca y parte
de la cara; de día era una protección
contra el viento y el sol; de noche,
contra el sereno (especie de rocío) fresco
y peligroso para quienes están mucho tiempo
expuestos a su acción. De ahí su nombre
de "serenero".
Los
sombreros, el casi cónico sombrero de alas angostas,
usado a principios del siglo pasado y que nunca cayó por completo en desuso,
hasta el chambergo clásico de fines del mismo, son muchos los tipos y formas,
las variantes que pueden apreciarse en ese transcurso de menos de cien años.
Entre
ellas merece citarse como principales, el sombrero de paja, de copa armada y
algo cilíndrica, muy usado en zonas cercanas a Buenos Aires, y el famoso
"panza de burro" , su nombre se debía a que estaba hecho con el cuero
que cubre el vientre de dicho animal, que fue el sombrero favorito de los
"montoneros" o soldadesca gaucha que seguía a los caudillos en el
periodo de nuestras luchas civiles.
El
serrano, especialmente el de las regiones norteñas, fue en todo tiempo amigo de
sombreros de alas anchas, que lo necesitaba para defenderse de los fuertes soles
de aquellas zonas.
Para el gaucho, la
pelea era franca y leal si se realizaba cuerpo a cuerpo, "fierro a
fierro", o sea con arma blanca. El uso de armas de fuego se reputaba cobardía,
verdadera traición.
Las
armas comunes fueron el cuchillo, el facón y la daga, amén de las boleadoras y
del pesado rebenque o talero, contundente en sumo grado cuando se los sabía
manejar hábil y serenamente.
El gaucho le dió al
cuchillo variedad de nombres: flamenco, alfajor, envenado (el mango con retobo
de vena) y "amojosado" o "amojosao".
Esta última denominación
tenía cierto carácter despectivo, pues con ella se expresaba que el arma era
poco usada por su dueño y de ahí que se le "amojosara" (enmoheciera)
dentro de la vaina.
El
trabuco y el naranjero, de ancha boca, especie de pistolones que se llevaban en
el apero y hasta en la cintura, eran usados, especialmente, por los
"matreros", para equilibrar la desigualdad numérica en sus combates
con la "partida" o comisión policial; los hombres de paz solían
guardarlos en "las casas" y sólo se armaban con ellos en ocasión de
los terribles "malones" indios o en oportunidad de un viaje largo.
El
cuchillo, de hoja triangular y filo de un solo lado, era elemento de trabajo; se
lo empleaba para carnear, cuerear, cortar guascas y tientos, comer, etc.
El
facón, de hoja muy larga, con filo de un lado y un pequeño contrafilo en la
iniciación del lomo, era arma de combate; entre la hoja y la empuñadura solía
tener un travesaño de metal o gavilán, de diversas formas, que defendía la
mano de los cortes. El facón podía ser reemplazado por la daga, de menor
longitud, con filo y contrafilo total, sin gavilán o con uno muy pequeño.
Algunos facones llegaban a medir hasta setenta y cinco centímetros de largo.
Tanto el cuchillo como
el facón y la daga, se enriquecían con mango y vaina de plata o de plata y
oro, según las posibilidades de sus dueños.
A veces, el facón o
daga era largo casi como una espada y resultaba incómodo para llevarlo en la
cintura, sobre todo, andando a caballo.
El inconveniente se obviaba colocándolo en el recado, entre las caronas y sobre el lado de montar; por eso, se le daba el nombre de "caronero", denominación que corresponde también al cuchillo o facón corto que solía esconderse entre las mismas, a modo de reserva para ciertos casos.
El gaucho era fumador;
picaba el "naco", trozo de tabaco en forma de cuerda y armaba
cigarros, usando unas veces papel y otras chala, especie de hoja que cubre la
espiga o mazorca del maíz.
La
tabaquera en que acostumbraba llevar el tabaco, el papel o la chala, recibía
los nombres de "guayaca" y "chuspa"; se confeccionaba con
materiales diversos, cuero, telas y tejidos de aguja, pero el gaucho prefirió
siempre la que se hacía con la vejiga o el buche de ciertos animales, el
avestruz, por ejemplo, pues así el tabaco se mantenía fresco y aromático. Se
los decoraba teñidos con azafrán, con ribetes y bordados de colores
llamativos.
Era así mismo, prenda
pintoresca el yesquero, formado por una cola de armadillo o por un cuernito
aboquillado con plata.
La primer noticia
importante sobre "la bola" indígena nos la da Luis Ramírez, de la
expedición de Gaboto, quien en su carta de 1582 dice: "Estos querandíes
son tan ligeros que alcanzan un venado por pies; pelean con arcos y flechas y
con unas pelotas de piedra tan grandes como el puño, con una cuerda atada que,
las guía, las cuales tiran tan certeros que no yerran a cosa que tiran".
Pero
es el caso que no hay piedras en la pampa; y sólo pudo el habitante de esta
dilatada planicie procurársela, por el comercio, o de las sierras de Córdoba o
de la Ventana, y debió ingeniarse para recoger la misma piedra que tiró,
desmintiendo el adagio "piedra suelta no tiene vuelta".
El ingenio criollo,
acuciado por las necesidades naturales del campo, perfeccionó la primitiva
"bola arrojadiza" del salvaje y obtuvo las famosas boleadoras en sus
dos tipos; las "ñanduceras" de dos bolas, usadas para el ñandú o
avestruz, venados, etc., y las "potreadoras", de tres, más pesadas y
de ramales reforzados, pues estaban destinadas a la caza de "baguales"
y eran también arma de pelea. Más común que el nombre de boleadoras fue el de
bolas, los indios pampas les llamaba "laques", y los quichuas,
"libes".
Pero el gaucho adoptó
el clásico y armonioso nombre de "las tres Marías", inspirada en la
igualdad del número de bolas con el de las estrellas de esa típica constelación
que nuestro amplio cielo de la llanura pone ante nuestros ojos.
"Las
tres Marías" consisten en un trío de ramales retorcidos que se unen en un
centro equidistante de los extremos sueltos; cada punta termina en una bola de
piedra u otra substancia pesada, retobada o forrada en cuero crudo; la longitud
máxima, de bola a bola, es de 2,45 metros, más o menos. Una de las bolas es más
chica, a los efectos de servir como agarradera o manija.
Sarmiento menciona
que...
Las Boleadoras, se
compone de tres pesas de forma esférica o piriformes, de piedra, madera dura,
metal, muchas veces antiguas balas, guampa, marfil, y hasta mármol. Estas tres
unidas se equilibran en peso y volumen. La menor llamada "manija", es
la que se conserva en la mano, mientras se revolean las otras. Debe
existir cierta relación entre el peso de la manija, y el mayor de las boladoras
que deben ser iguales entre sí, sin esta circunstancia al arrojar las bolas,
las voladoras arrastrarían sin contrapeso a la manija, lo que perjudicaría a
la seguridad y buen efecto del tiro. El lado de la manija es un poco más
corto que las voladoras; peso de éstas; seis a ocho onzas, según la fuerza del
brazo. Su manejo se consideró propio de quienes eran duchos en las faenas. En
las cacerías de avestruces y en las guerras, salían los gauchos llevar dos y
hasta tres juegos de boleadoras, a modo de repuesto.
Los tiros de bolas se
distinguen en tiro de "tres vueltas" que es el más largo que puede
hacer un hombre, probablemente a la distancia de veinte varas. Un tiro más
largo es un tiro de azar.
El tiro de dos vueltas es el regular de quince varas más o menos. El de una
vuelta que comprende la mitad de este tiro, y todavía se puede llamar tiro de
media vuelta aquel en que se pilla tan cerca el animal que poco hay que revolear
para enredarlo con las bolas. Esto se llama tomar el animal "bajo el
freno". Las bolas que han de usarse para avestruces, ciervos, guanacos,
pueden ser de menos peso, si se quiere evitar fracturas con el golpe de la bola,
en este caso pueden ser de plomo.
Cómo se hacen las
boleadoras y su uso nos cuenta Francisco Millau y Miraval entre 1730-1800.
Las bolas se componen de tres ramales de aquel mismo gruesso cada uno, doblando
las tiras con que se hacen en un centro, de donde se van torciendo por tres
lados, hasta que sea cada uno largo de tres varas con corta diferencia; en sus
extremos se ajustan unas bolas algo redondas, de piedra, o gruesso por lo
regular, y un tamaño que se pueda cerrar fácilmente en la mano, cubriendolas
con un cuero mui apretado al rededor que se une con el ramal; el modo de
servirse de ellas, es coger una bola en la mano, y hacer dar a las demas que
quedan sueltas con sus ramales, algunas bueltas en el ayre, por encima de la
cabeza, antes de despedirlas, por el gran ambito que cogen entre sus extremos,
no es dificil que se acierte el tiro, y apenas llega a tocar por alguna parte, a
cualquier hombre ó animal con las bueltas que dan los ramales, enroscandose en
su cuerpo inmediatamente queda derribado ó atado sin poderse mover; quando no
ha llegado por la mucha distancia á hacer su efecto, recoge el ginete sin dexar
de correr del suelo sus bolas, y prosiguiendo su carrera buelve a servirse de
ella, por esta facilidad se hace temible su uso, que de cualquiera otra arma, y
es de gran socorro y utilidad á essa gente, para alcanzar á la Carrera
cualquier Animal, que llaman bolear.
Pero los propios, no usando estas bolas, por lo mucho que lastiman, y solo se
sirven de el lazo, que no puede causarles daño alguno...
Lo que Ud. termina de leer no son errores de tipeo, es texto puro :)
Aunque el gaucho
consideraba que las espuelas eran parte integrante de su vestimenta, estaban
destinadas a estimular o acuciar a su cabalgadura y fue de uso generalizada, y
se observaba el sacárselas y colgarlas en el apero antes de entrar en las
casas, especialmente si era la casa de otros.
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Las
espuelas, fuesen de hierro modesto o de bruñida plata, más chicas o más
grandes, -las había enormes- se usaron en todas las regiones y con
nombres como de "lloronas" o "nazarenas". |
Una
espuela se compone de las siguientes partes; abrazadera o arco, que rodea el talón,
con una correa que pasa por debajo y por encima del pie y la mantiene ajustada;
pihuelo o travesaño que sostiene la rodaja; a ambos costados de ésta, suelen
haber dos discos, de menor tamaño, llamados guardapolvo, y otro, el rodete, en
en entronque del pihuelo con la abrazadera.
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Del
rodete o de la mitad, más o menos del pihuelo sale una cadena o correa,
llamada alza-prima, que contornea el tobillo y se prende adelante, sobre
el empeine, para evitar que las espuelas muy pesadas se destalonen, es
decir, se corran hacia abajo del pie, especialmente cuando el hombre está
a caballo. |
El
rebenque, en sus diversas formas de rebenque propiamente dicho, guacha o talero
y arreador o "arriador", es acaso la prenda más conocida de cuantas
forman el apero, no imprescindible que a veces las riendas suelen prolongarse en
una azotera que lo reemplaza.
Un
rebenque se compone de cabo, lonja y manija; desde el modesto de trabajo, hecho
de madera y cuero, hasta el lujoso cuyo cabo y manija es totalmente de plata o
plata y oro, la variedad es grande. La guacha o talero, de cabo grueso y ancha,
es de uso exclusivo de los domadores.
El
"arriador", de cabo corto y larga trenza terminada en una azotera de
poca longitud, tuvo dos categorías; la de modesta herramienta de trabajo,
representada por el cabo de madera o hierro y de uso común entre los peones, y
la de prenda lujosa, típica en manos del patrón, con cabo de metal precioso y
trenza de finos tientos.
De las variedades
nombradas, el "arriador" es la que ha caído más en desuso en
nuestro campo.
En
el apero gaucho de todas las regiones, pero más especialmente en el de la
pampeana, el lazo y las boleadoras fueron complemento obligado e indispensable.
El trenzado, de mayor o menor número de tientos, y el retorcido o torzal
"pampa" y chileno se le llamaba al último, fueron comunes aquí y allá;
sus diferencias residen, únicamente, en la longitud, que varía en cierto modo,
y en el reemplazo de la argolla de la armada por una presilla, con ojal y botón,
según se acostumbran en algunos lugares norteños.
También,
puede anotarse la forma distinta cómo se lleva el lazo en el caballo; sobre las
ancas o grupa, en rollos chicos, o en rollos grandes que caen detrás de la
grupa y llegan casi hasta los garrones del animal.
El lazo, obligó al
gaucho a crear en el apero una pieza especial, llamada "asidera",
"esidera", o "cinchero" en las regiones de la pampa; centro
y litoral. En ella se sujeta o prende la presilla del lazo cuando se enlaza de a
caballo; es una argolla que va unida a la encimera por un correón y otras a la
sobrecincha o al "pegual" (prendas que reemplazan al cinchón), por
dos correas fuertes de unos 10 a 15 cm. de longitud; la argolla sirve de vértice
y las dos correas se abren en ángulo para ofrecer mayor resistencia a los
tirones de los animales enlazados.
Es el cuerno del animal
vacuno cerrado en su base y abierto en el pitón, donde se le ponía tapa. A
veces se le pulía y se le redondeaba el borde en su extremidad más ancha. Una
ranura en la parte cercana a la boca servía para asegurarle una cuerdilla por
la que se le colgaba a la falda del recado.
Los chifles tenían
dibujos tallados y aún la boquilla, abrazaderas, el fondo de plata.
En
tiempos de la colonia y después de la revolución de Mayo, se usó mucho en los
viajes por la cordillera y desde el Perú y las provincias internas hasta Buenos
Aires. Entre los cuernos o chifles históricos cabe recordar el usado por
Quiroga en la sublevación de los prisioneros españoles confinados en San Luis,
Facundo se entera de la revuelta; corre al cuartel, un centinela español le
cierra el paso. "Quiroga busca armas, no las halla, recoge un asta, cuerno
o chifle, se abre paso, derriba al centinela, cierra camino a todo el que
intenta penetrar, y el único que lo consigue, armado con un cuchillo, él lo
obliga a la fuga con su cuerno".
Este utensilio no tenía
equivalente no tanto por conservar la bebidas -especialmente alcohólicas- en su
sabor natural cuanto porque resistía a las caídas de las bestias y a los
golpes que sufrían en largas travesías y en caminos escabrosos.
Con el advenimiento de
la bota de cuero, artefacto más prolija y acabada ciencia industrial, el chifle
fue desapareciendo.
Este
material fue obtenido de la pagina de Chispazo de Tradición