El
virreinato del Río de la Plata
La
vida cotidiana
El puerto // El puerto de Buenos Aires // La economía y la gente
La Sociedad Colonial // Indios, Negros y Gauchos // Vida Cotidiana y Cultural
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En 1776,
el rey español Carlos III decidió la creación provisoria del Virreinato del Río
de la Plata para asegurar un control más eficaz de sus dominios americanos.
Hasta entonces, Buenos Aires y el interior dependían del Virreinato del Perú,
que tenía su capital en Lima. La enorme distancia que separaba al Río de la
Plata de la cabecera virreinal había despertado la codicia de ingleses y
portugueses, quienes lucraban con el contrabando hacia Buenos Aires y la zona
del Litoral, perjudicando a las arcas reales.
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El
virreinato del Río de la Plata se hizo definitivo en 1778, y cuatro años más
tarde se creó el régimen de Intendencias, que tornó aún más efectiva la
supervisión estatal, a la vez que hizo disminuir la importancia de los
cabildos.
El Río de la Plata quedó dividido en ocho intendencias (tres en el actual
territorio argentino) y una serie de gobernaciones militares. Asimismo, se
crearon nuevos cuerpos administrativos como la Audiencia de Buenos Aires (para
la justicia) y el Consulado (para el comercio).
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La creación
del virreinato modificó radicalmente la vida de Buenos Aires y, en menor
medida, la de las provincias del interior. La flamante capital aumentó su
población en forma progresiva, creció el número de sus viviendas (antes con
techos de paja, ahora de tejas) y la intensa actividad mercantil elevó el nivel
de ingresos de sus habitantes. Los sucesivos virreyes, por su parte, fueron
introduciendo mejoras públicas como el alumbrado público y el empedrado de
algunas calles.
Desde el punto de vista cultural, se crearon el Real Colegio de San Carlos, el
Protomedicato (institución donde se formaban los médicos), el Teatro de la
Ranchería y se instaló la imprenta que tenían los jesuitas en Córdoba. Esto
permitió la edición de libros y periódicos que aumentaron el nivel educativo
de los habitantes.
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En la
sociedad apareció un nuevo sector, el de la burocracia, cuyo número de
funcionarios aumentó a raíz de la creación de las nuevas instituciones
administrativas. Los funcionarios y los comerciantes _que se dedicaban a la
importación y exportación_, ocupaban el primer rango dentro de la escala
social. En su mayor parte eran españoles, pero en los últimos tiempos del
virreinato también habían criollos (nacidos en América). El abanico social se
completaba con los esclavos negros, que habían sido traidos de África y se
dedicaban, en general, a tareas domésticas; los gauchos (producto del mestizaje
entre españoles e indios) que habitaban la campaña, y una reducida proporción
de indios.
La Iglesia, pese a la expulsión de los jesuitas y al sistema de patronato
(estaba sometida al control virreinal) siguió siendo muy importante y, prácticamente,
regía la vida civil.
El
nacimiento de una nueva época
El rey español Carlos III creó el Virreinato del Río de la Plata el 1¯ de
agosto de 1776 para defender a sus colonias del contrabando y las incursiones
extranjeras
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Desde su
fundación en 1580, Buenos Aires había vivido a la sombra del vastísimo
Virreinato del Perú. Todo lo que se hacía en la ciudad rioplatense debía ser
aprobado antes por Lima, su capital. Pero desde que pasó a ser cabeza de un
nuevo Virreinato ya no hizo falta viajar miles de kilómetros en carretas y a
lomo de mula para recurrir a la Justicia o tratar de obtener algún permiso
comercial.
Depender del Perú era muy caro. Las mercaderías salían de España en barco e
iban a parar a Panamá. Se descargaban y se transportaban hasta la otra orilla,
sobre el Océano Atlántico, donde se embarcaban otra vez con destino a Lima.
Desde allí se enviaban en mula a Buenos Aires. Después de meses, por fin,
llegaban al Río de la Plata costando diez o veinte veces más...
Los habitantes de Buenos Aires no se resignaban a ser cola de león y habían
recurrido al contrabando como forma de subsistencia. Barcos ingleses, franceses,
holandeses y portugueses atracaban en sus orillas trayendo mercaderías a menos
de la mitad de precio de las que llegaban de Lima.
Cuando el contrabando alcanzó en Buenos Aires grandes proporciones, los
comerciantes de Lima se quejaron al virrey y este trasladó las quejas a la
Corona. El rey no sólo empezó a preocuparse por esas demandas sino también
por los frecuentes choques militares que ocurrían en el Río de la PLata con
los portugueses, quienes estaban instalados en Brasil y pretendían apoderarse
de la ciudad de Colonia del Sacramento (en el actual Uruguay) y competir con
Buenos Aires.
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Carlos
III envió a un militar, Don Pedro de Cevallos, para resolver la situación.
Cevallos desalojó a los portugueses y fue nombrado primer virrey del Río de la
Plata.
El Virreinato del Río de la Plata abarcaba los actuales territorios de
Argentina, Uruguay, Paraguay, Bolivia, y partes menores que hoy pertenecen a
Brasil y Chile. Si bien con su creación se había conseguido achicar el enorme
Virreinato del Perú, la inmensidad seguía siendo un problema. Por eso, la
corona española tomó rápidamente una nueva medida: en 1782 dictó una Real
Ordenanza dividiendo al flamante virreinato en Intendencias.
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El actual
territorio argentino quedó dividido en tres intendencias y una provincia
subordinada, Misiones. Las intendencias fueron la de Buenos Aires, que comprendía
la provincia de Buenos Aires, el litoral y toda la Patagonia; la de Córdoba del
Tucumán, con jurisdicción sobre las actuales provincias de Córdoba, San Luis,
Mendoza, San Juan y La Rioja, y la Intendencia de Salta del Tucumán que
abarcaba a Santiago del Estero, Tucumán, Catamarca, Salta y Jujuy. Al frente de
cada Intendencia había un Gobernador Intendente. En el caso de Buenos Aires, se
hizo cargo el propio virrey.
Las otras intendencias virreinales fueron las de Paraguay, La Paz, Cochabamba,
Charcas y Potosí; a las que se sumaron las provincias subordinadas de Moxos y
Chiquitos (en la actual Bolivia) y Montevideo (Uruguay, por entonces conocido
como la Banda Oriental).
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Los
Gobernadores Intendentes eran nombrados directamente por el rey y duraban cinco
años en su cargo. El Cabildo, que hasta entonces funcionaba como la autoridad más
importante de las ciudades, perdió poder. ¿Qué hacían los Intendentes?: un
poco de todo. Podían actuar como jueces en causas civiles y criminales, percibían
los impuestos y contabilizaban los ingresos públicos, se encargaban de la
seguridad pública y de la limpieza de las ciudades, y además albergaban y
mantenían a las tropas militares. El mando y la decisión de la guerra, no
obstante, seguía siendo privativo de los virreyes.
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El puerto
de Buenos Aires estaba muy lejos de ser lo que es ahora. Con poca profundidad y
asentado sobre un terreno muy barroso, los barcos debían anclar a cientos de
metros de la costa. Hasta allí iban las carretas para descargar las mercancías
y traerlas a tierra firme. Pese a su precariedad, el puerto rioplatense fue
incrementando su actividad a punto tal de preocupar no sólo al comercio de Lima
sino también a la economía de los pueblos del Interior debido a la competencia
que le hacían los productos importados.
España obligaba a sus colonias a comerciar en forma exclusiva con la madre
patria: ese sistema económico se conoce como monopolio y su aplicación ahogaba
toda posibilidad de progreso. En 1778 Carlos III moderó esa situación al
habilitar 33 puertos en América y España para el intercambio y suprimir
algunos impuestos. En 1795, la Corona autorizó el comercio con las colonias
extranjeras.
Pese a las nuevas medidas, los comerciantes porteños, en especial los criollos
que eran los menos favorecidos, pretendían algo más: el libre comercio.
Un mundo
convulsionado
Mientras Buenos Aires se iba acomodando a su nueva situación de capital de un
flamante virreinato, Europa entraba en ebullición: en 1789, con la toma de la
Bastilla, Francia inauguraba su revolución. Al grito de ¡Libertad!, ¡Igualdad!
y ¡Fraternidad!, el pueblo francés abolió los títulos de nobleza y declaró
a todos los hombres iguales y con los mismos derechos. Lamentablemente, muy
pronto se produjeron excesos: le cortaron la cabeza al rey Luis XVI y a su
esposa, María Antonieta. Muchos nobles también perdieron la suya debajo de un
instrumento de terror, la guillotina.
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Francia entró en guerra con las coronas vecinas lo que la
puso al borde el caos. Cuando todo parecía perdido apareció un hombre
providencial, Napoleón Bonaparte. Sus triunfos militares hicieron retroceder a
los enemigos : en 1804 se hizo coronar Emperador.
En América, en tanto, nacía una poderosa nación: los Estados Unidos de América.
En la ciudad de Filadelfia se firmó en 1776 la Declaración de Independencia
que puso fin al dominio inglés en el norte del continente. El nuevo país adoptó
para su gobierno la forma republicana e influyó poderosamente en el resto de
las colonias americanas.
Los barcos que arribaban a Buenos Aires anclaban lejos de la costa. Hasta allí
llegaban las carretas y bajaban a los pasajeros y la mercadería. No había
muelles ni entradas.
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Don
Carlos Fernández y su familia viven en Buenos Aires, a poquitas cuadras
de la Plaza Mayor. Su casa es de ladrillos, con amplias habitaciones, un
zaguán en la entrada y, lo que es el orgullo de todos, un hermoso aljibe.
Al fondo, tienen una huerta y además, allí se crían aves y conejos y se
guardan los caballos. |
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España
mantenía un monopolio comercial: las transacciones se podían realizar
entre dos puertos españoles (Sevilla y luego Cádiz) y dos puertos
americanos (Portobelo y Veracruz). |
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Pero
muchas mercaderías entraban al puerto de Buenos Aires de contrabando.
También los esclavos negros ingresaban de esta forma: los que no eran
vendidos allí eran ofrecidos en el interior. |
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Como
es comerciante y le va muy bien, Don Carlos puede costear estos lujos para
los suyos. Dedica algo de su tiempo a ir al puerto, donde recibe su
mercadería y hace algunos negocios. Compra y vende muchas cosas: de
afuera recibe, por ejemplo, sal. Él, por su parte, ofrece cueros. |
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La
señora Francisca Silveyra de Fernández acostumbra a lucir ropas
elegantes y modernas. Los domingos viste sus mejores galas para ir a misa,
aunque también tiene oportunidad de mostrarlas en las tertulias que a
veces organiza en su casa. Algunas tardes, sus amigas la visitan y,
mientras comentan los últimos acontecimientos sociales, cosen y bordan. |
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Sobre
el río, no sólo circulaban las carretas y los mercaderes. También las
criadas y esclavas lavaban la ropa de las señoras de buena familia sobre
las piedras. |
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Juana
y Martín son los hijos de doña Francisca y don Carlos. Durante la
semana, van a la escuela del convento y después tienen que estudiar en su
casa. Pero siempre les queda un tiempo para jugar y divertirse. Martín es
muy travieso y por eso le encanta trepar a los tejados y dar vueltas por
ahí, cosa que a su mamá no le gusta para nada. |
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Las
carretas acercaban a los viajeros a la costa de Buenos Aires. Lo único
que distinguían los recién llegados en el chato paisaje eran las torres
de las iglesias y el frente del Fuerte. |
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La reducida actividad comercial durante el Virreinato favorecía primero a los
españoles y después a los criollos, los dos grupos sociales principales.
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La economía
virreinal no había alcanzado un desarrollo significativo. En Buenos Aires, las
dos industrias más prósperas derivaban del abundante ganado vacuno que pastaba
libre por las pampas: el cuero y la salazón de carnes. El cuero era exportado
en grandes cantidades y la carne salada (llamada tasajo o charqui), servía de
alimento a los esclavos e iba a parar casi en su totalidad al Brasil.
En el Interior se fabricaban diversos productos para consumo interno. En el
centro y norte se tejían cobijas, frazadas y ropas de abrigo. En la región de
Cuyo, sobre todo en Mendoza y San Juan, elaboraban vinos, aguardientes, pasas de
uva y orejones (duraznos). En Tucumán, y también en Mendoza, se fabricaban
carretas para el transporte, en tanto que en Corrientes se levantaron algunos
pequeños astilleros de donde salían embarcaciones de poco calado. En la zona
de Misiones ya se cultivaba la yerba mate, asi como también el algodón.
La economía virreinal recibió un renovado aliento con la creación del
Consulado, en 1794, del que fue su primer secretario el criollo Manuel Belgrano.
La institución era un tribunal de comercio que debía resolver los pleitos
mercantiles, proteger y fomentar el comercio y procurar el adelanto de la
agricultura.
Estaba claramente dividida en españoles y criollos. Los primeros tildaban a los
segundos de “cholos” y a su vez recibían el mote de “marranos” o
“maturrangos”. Los principales cargos de gobierno y las facilidades en el
comercio eran para los españoles, aunque lo criollos habían ganado su lugar
hacia finales del siglo XVIII.
La vida religiosa tenía una gran importancia ya que era en las iglesias adonde
se reunía la gente para asistir a las misas, fiestas patronales, casamientos,
bautismos, etc. Los integrantes del alto clero –españoles de origen–
ocupaban el peldaño más alto de la sociedad junto a los funcionarios y a los
comerciantes más ricos. Los curas pobres, criollos en su mayoría, se mezclaban
entre el paisanaje y llevaban una vida sacrificada compartiendo penurias y
privaciones.
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Los
indios que habitaban el noroeste continuaban combatiendo la dominación española
y trataban de seguir el ejemplo de rebeldía que les había dado el inca
Tupac-Amaru, quien terminó siendo descuartizado entre cuatro potros en 1780.
Los indios de las pampas y del Chaco también eran una preocupación para las
autoridades rioplatenses por sus frecuentes incursiones sobre los poblados. Los
únicos indígenas que, en alguna medida, se habían sometido a los españoles
eran los que vivían en la región mesopotámica.
En el Virreinato del Río de la Plata, como en el resto de América, los negros
eran esclavos. Pero justo es decir que en esta parte del continente la condición
de los negros era mucho mejor que en la del resto del continente ya que aquí se
los utilizaba para cumplir tareas domésticas o rurales.
El gaucho era el mestizo que regularmente vivía en zonas rurales y se empleaba
como jornalero campestre. A fines del siglo XVIII el gaucho de las pampas,
corrido por los indios, se había conchabado (empleado) en las grandes estancias
fronterizas. Sin embargo nunca perdió su actitud viril y se destacaba por
emprender actividades que exigían destreza, como la doma de potros.
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Sin
televisor ni automóviles es posible suponer que la vida en el virreinato era
aburrida. Pero lejos estuvo de serlo. Los cronistas de la época cuentan que las
mujeres, elegantemente vestidas, participaban activamente de los bailes que se
organizaban todas las semanas en las principales ciudades. Los domingos, en
tanto, los habitantes de Buenos Aires se reunían en el Retiro –algo similar
pasaba en algunas ciudades del Interior– para disfrutar de las corridas de
toros. También había teatro desde 1747 y los espectáculos musicales eran
frecuentes.
En los suburbios de la ciudad era muy común la realización de carreras
cuadreras (carreras de caballo), el juego de la taba (un hueso arrojado al aire
donde se gana según de que lado caiga) y el de las bochas. Además, era
habitual la riña de gallos.
Había dos universidades: la de Charcas (hoy en Bolivia) y la de Córdoba, que
había sido fundada en 1613. La enseñanza primaria se impartía en los
conventos, en las escuelas del Rey –donde era gratuita– y de forma
particular. ¿Qué se enseñaba?. Muy poco: a leer, escribir y hacer cuentas. La
enseñanza secundaria sólo se transmitía en los colegios de San Carlos, en
Buenos Aires, y el de Montserrat, en Córdoba.
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La Real
Imprenta de los Niños Expósitos (huérfanos y abandonados), que el virrey Vértiz
hizo instalar en Buenos Aires en 1780 fue importante para la cultura y la difusión
de las ideas a fines del siglo XVIII. Allí se imprimieron los primeros periódicos
locales: El Telégrafo Mercantil, Rural, Político-Económico e Historiógrafo
del Río de la Plata, fundado en 1801. Al año siguiente se editó el Semanario
de Agricultura, Industria y Comercio, dirigido por Juan Hipólito Vieytes. En
1780 se creó el Protomedicato, una institución que se encargaba de controlar
la tarea de los médicos y evaluar la salud pública. En 1801 comenzó a
funcionar la Escuela de Medicina que estuvo a cargo de los doctores Agustín
Fabre y Cosme Argerich.
Pese a que la Corona trataba de evitar la difusión de nuevas ideas, llegó a
Buenos Aires la obra de autores como Voltaire, Rousseau y Montesquieu que
comenzaron a ser leídos por los criollos ilustrados. En sus escritos
cuestionaban a la monarquía, proponían un nuevo sistema de gobierno con división
de poderes y defendían el derecho del pueblo a elegirlo.